CARLOS BUSTOS
Literatura Fantastica
cuento, novela y novela juvenil

EL LIBRO QUE RESUCITABA A LOS MUERTOS  novela

 

capítulo 1

Arenas rojas en el fin del mundo

 

Este libro que sostienes en tus manos contiene un secreto maligno. Tan perverso que no puede ser descubierto por nadie más que no seas tú. Para que un secreto se mantenga como tal, debe estar a la vista de todos pero disfrazado de algo más, de algo inocente, incluso aburrido. Muchas veces se dota al secreto de un sentido tan exagerado que provoca que nadie pueda darle crédito: al volverse tan fantástico se le viste con el traje de lo imposible; el secreto se convierte en leyenda y la leyenda se vuelve murmullos en los labios de la gente que lo cuenta una y otra vez.

Este secreto tan temible incluye además una terrible maldición. Quien lo haya develado, descubrirá que la noche de la muerte se extenderá hasta el fin de los tiempos. ¡El poseedor del secreto no morirá nunca! Tú tienes ese secreto en estas hojas, de ti depende arrojar este libro lejos, al fondo del océano o tal vez a las llamas del hambriento fuego. No puedo decirte más. Es un camino que habrás de recorrer solo. La inmortalidad se vuelve una carga cuando el rostro de la muerte no nos parece tan desagradable.

Desde la bóveda circular del recinto, un torrente de luz iluminaba un escritorio en forma de U, donde el Resucitador daba forma a la carta. Soltando un suspiro de disgusto, estrujó el papel entre sus manos hasta convertirlo en una esfera donde las palabras circundaban su órbita sin ningún significado. La arrojó con desprecio.

¡Qué desperdicio de papel! Escribir nunca había sido lo suyo, y ahora esta misiva le estaba provocando serios dolores de cabeza. Le disgustaba ese tono tan melodramático sobre el secreto, el final tan poco inspirado, el no morir nunca, arrojar el libro al fuego para deshacerse de él, el héroe solitario que tiene que tomar una decisión que cambiará su vida y la de quienes lo rodean. ¡Eran frases demasiado gastadas para que alguien pudiera tomarlas en serio! Necesitaba encontrar la manera de atraer al otro, de arrastrarlo a la lectura del libro sin que sospechara siquiera. Tal vez lo mejor era contar la verdad; esa despiadada que no tiene pelos en la lengua. Se arrepintió enseguida de la idea.

Poniéndose de pie, comenzó a andar en torno a su refugio, una gigantesca espiral que descendía varios niveles hasta perderse en una oscuridad profunda, demencial. Escamas de polvo flotaban parpadeantes por la atmósfera del lugar, visibles debido a la luminosidad que caía desde lo alto de una claraboya en el techo, pintado con la representación de un desierto interminable que devoraba millones de almas humanas en agonía. Los cuerpos se hundían bajo las arenas rojizas, mientras otros eran tragados por remolinos gigantes que despedazaban sus miembros.

El Resucitador se detuvo a contemplar la escena como quien observa con tranquilidad una puesta de sol. Su mente divagó pensando en que el destino era caprichoso, inmoral, y la mayoría de las veces injusto. Se detuvo de pronto. ¡Una idea se había deslizado en su cabeza, como si fuera una salamandra de fuego quemando sus pensamientos! No tenía que atraer a nadie, que el libro se encargara de escoger al otro. De cierto modo, así había sido con él. Tomó el grueso volumen de la repisa y lo sopesó entre sus manos como había hecho la noche que se le reveló. Aún le parecía imposible que los secretos pudieran pesar tanto. El Resucitador se encaminó hacia las escaleras y comenzó el descenso al abismo. Pronto, las garras afiladas del destino comenzarían a triturar los obstáculos en la vida de ese desconocido. 

 

 

 

  Ladrones del Crepúsculo, Novela Juvenil 

   Edita: Grupo Anaya, Barcelona, España

   Colección: Espacio Abierto

   Fecha de Lanzamiento: abril 2011 (a la venta)      http://www.anayainfantilyjuvenil.com/

 

   INTRODUCCIÓN.

   Así, la línea divisoria entre el bien y el mal no está fatalmente trazada en el mundo, sino libremente en medio del corazón del hombre.

 

Las voces de los muertos, sus últimas palabras, estaban dibujadas sobre las losas del cementerio. Un sendero de piedras enlamadas curveaba desde las puertas de la entrada, bordeando los cerezos calvos, hasta llegar a una colina desde donde se veía una campiña solitaria. En aquél montículo que la gente llamaba la Buhardilla, estaban las tumbas de los que habían muerto sin confirmar su identidad. Eran los extraviados, los quién-sabe, los sin nombre o simplemente, los intrusos. Un árbol crecía allí, en medio de la loma, otorgando a las lápidas una sombra magnífica en verano y decorándolas con un tapiz de hojas ocres durante el otoño. El cuerpo sin vida de Daniel Everest descansaba al pie del árbol, enmarcado por unas raíces nudosas que horadaban los mantos de tierra y eran intrusas sobre su cuerpo, de un color cetrino que parecía resplandecer en la oscuridad. El cómo y por qué llegó allí es parte de un persistente y enigmático misterio: la historia de los ladrones del crepúsculo y del hombre que se hace llamar el Acometedor de almas.

 

 

 

Libro Blanco

La avispa en la Nieve

(fragmento)

 

Todo comenzó la noche anterior, con la caída de una avispa sobre la nieve. Eran mediados de octubre y la tormenta sorprendió a todos los habitantes de la pequeña ciudad de Desesperado. La tarde había estado agobiada por una ventisca que provenía de las montañas con la suficiente fuerza para arremolinar las aguas del lago, sacando a una docena de pescados a la orilla uniformada de juncos. Un macizo de nubes rojas descendió al valle, cubriendo por completo el bosque, los caminos vecinales y las granjas alrededor de los campos de calabaza y heno. Un rayo rompió el silencio sobrenatural que se había apoderado de la tarde. La gente del campo apenas tuvo tiempo de refugiarse dentro de sus hogares. La lluvia se desplomó de golpe como si hubiera estado contenida por cientos de años.

La ciudad de Desesperado estaba rodeada por un extenso valle con montañas, colinas y un lago en forma de cerradura. Con una sola calle principal que la atravesaba por en medio, la ciudad no era muy grande ni tampoco muy importante, pero era tranquila, y se podía vivir con cierto decoro. Desesperado poseía un cine, varios supermercados, un hotel con cierta elegancia pasada de moda, una escuela secundaria modesta, una universidad con apenas diez carreras básicas, dos iglesias de apariencia triste y desolada: La santa sangre de Cristo y Las lágrimas negras de Nuestro Señor, y todo lo que se requiere para que una comunidad se desarrolle sin grandes ventajas aunque también, sin obstáculos.

Atrás de la iglesia de Las Lágrimas Negras, separado por un pequeño terreno irregular donado por el ayuntamiento como espacio de convivencia, se había construido un conjunto de casas iguales entre sí; todas poseían dos plantas, un jardín trasero, ventanas con marcos blancos y fachadas pintadas en color café con leche.

Al final de la calle Magnolia, una casa se distinguía de las demás por su aspecto descuidado y su tejado verde botella. Desde la ventana de su cuarto, en la planta alta, Daniel Everest observó la llegada de los nubarrones contra un fondo verde glacial en el que se recortaba la torreta de la iglesia. El sonido de un trueno, parecido al retumbo de una campana sepulcral, anunció la inminente tempestad. La lluvia se desbordó sobre la ciudad de Desesperado sacándola de su letargo habitual. Daniel suspiró enfadado. No habría reunión en la sociedad Fantásmica esta noche, no con este clima. De pronto, un golpeteo como de tambores metálicos lo sacó de su ensoñación: cientos de granizos del tamaño de pelotas de golf se estrellaban contra los toldos de los autos, los escaparates de las tiendas, y ya habían derrumbado a una persona en la acera. Daniel miraba asombrado el fenómeno, cuando un granizo en forma de esfera atravesó uno de los cristales de la ventana rozándole la cabeza, y rodó por el suelo hasta detenerse en el centro de la habitación.

Daniel se alejó de la ventana, en donde el viento y la lluvia vociferaban a través del hueco; se detuvo junto a la esfera de un blanco perlado. Escuchó atento para ver si alguien venía del otro lado de la puerta. Esperaba que a pesar del estruendo del aguacero su padre no hubiera escuchado el ruido del cristal roto. Tomó el granizo y lo examinó con cuidado. No se sentía tan frío como él imaginó. Hizo rodar la piedra por sus dedos y se percató de unas marcas extrañas en el costado: tres líneas ondulantes del mismo tamaño y con la misma distribución. Daniel intuyó la posibilidad que se hubieran marcado debido al golpe, pero desechó la frágil teoría de inmediato. La lluvia acrecentó de improviso haciendo que las cortinas comenzaran a dar bandazos contra el tapiz manchado de la pared. Daniel dejó el granizo en el alfeizar de la ventana y corrió a la cocina a traer un plástico para cubrir el vidrio roto.

 

Afuera, en el bosque, el aguacero había sorprendido a una avispa en su vuelo por la campiña. Era una véspula egipcia de alas color tinto ahumado, la cual se alimentaba con las plagas que asolaban los huertos de calabaza. Para cuando llegó el otoño, la mayoría de calabazas habían sido cosechadas y la vida en la colonia había mermado de forma considerable debido a los primeros frentes fríos y a la escasez de alimento. La avispa había encontrado por suerte un pequeño huerto de estos vegetales todavía en buen estado, y volvía al nido a comunicar su hallazgo cuando la primera bala de hielo que cayó del cielo golpeó un costado de su cuerpo lustroso. El impacto la desvió hacia un peral donde apenas pudo afianzarse a una hoja antes de que el vendaval se precipitara con toda su fuerza. El duro golpe la había dejado aturdida y con un ala rota; para cuando los miles de granizos reventaron el toldo del cielo, atravesando el follaje de los árboles, el cuerpo de la véspula fue arrancado junto con la hoja y arrastrados por las ráfagas de viento hasta chocar contra el último escalón del pórtico de la casa del profesor Hugo Oghios, que ya comenzaba a cubrirse con una alfombra de hielo. La avispa permaneció inmóvil, moribunda, mientras el granizo la iba cubriendo con rapidez. Para cuando amainó la tormenta, la avispa en la nieve había muerto congelada pero su última acción en este mundo estaba apenas por venir.

 

Así como la tempestad había llegado, fue perdiendo fuerza hasta convertirse en una llovizna ligera que se extendió por toda la región hasta el amanecer. Los tibios rayos solares convirtieron el granizo que cubría el bosque y los pastizales en manchas de aguanieve sobre la hierba humedecida.

 

La casa del Profesor Oghios estaba en las afueras de la ciudad, cercana al bosque que bordeaba un lago de aguas azul asbesto. Era una vieja casona estilo victoriano con torretas verdes y un alto cancel de acero negro en la entrada. El profesor la había adquirido a su llegada a Desesperado, ocho meses atrás, cuando ocurrieron dos hechos capitales que le cambiaron la vida: enviudó luego de treinta años de matrimonio y semanas después, fue despedido del departamento de Investigaciones de la Universidad donde había laborado casi el mismo tiempo que duró casado. Nadie de la gente con la que había establecido alguna relación desde que se mudó, conocía de cierto su pasado o lo que había motivado su despido de la prestigiosa institución, o yendo más lejos aún, bajo qué causas había muerto su esposa. Para sus escasos vecinos, Oghios era un hombre cordial, pero extraño. No se relacionaba realmente con nadie que no perteneciera a la sociedad que él mismo había formado después de su aparición en Desesperado. La llamó la sociedad Fantásmica. Entre sus trece miembros, en su mayoría estudiantes, estaba Daniel Everest, con quien el profesor había hecho una amistad más estrecha. Oghios había percibido en el muchacho una inteligencia digna de ser tomada en cuenta, aunada a una curiosidad innata para los sucesos inusuales y extraños. De hecho, Daniel, había sido el primer miembro de la sociedad. El mismo día que Oghios colocó un discreto anuncio en una revista de poca circulación —no deseaba un grupo demasiado numeroso que no pudiera manejarse con facilidad—, el chico se apareció en la entrada de su casa con un ejemplar de la revista bajo el brazo. Al abrir la puerta, el profesor Oghios se encontró con un joven más alto de la edad que aparentaba, algo desgarbado, que lo miraba con ojos inquisitivos. Cuando Oghios le preguntó en qué podía ayudarlo, el muchacho le mostró la revista, abierta en la página del anuncio, y le preguntó si en verdad creía lo que decía allí. Al profesor le hizo gracia la incredulidad del muchacho y adoptando su postura más seria, contestó:

—¿Qué si creo en fantasmas? La verdad prefiero pensar que sí. He sido profesor por más de treinta años y he descubierto…, perdón, no recuerdo si escuché tu nombre.

—Daniel, señor —continuó allí muy quieto, esperando escuchar los argumentos que lo convencieran de que estaba ante un verdadero creyente y no un farsante.

—Pues bien, Daniel, como te decía… he descubierto la rotunda verdad: los fantasmas sólo existen porque los hombres deseamos, en el claroscuro del inconsciente, que deambulen por allí arañando nuestros miedos y pesadillas.

Daniel lo miró en silencio con el entrecejo fruncido. Oghios permaneció serio, pero con una tenue sonrisa dibujada en los labios. Por fin, el muchacho sonrió como si hubiera estado aguantando las ganas y todo el rostro se le iluminó cuando dijo:

—¡Es la respuesta más inteligente que he oído! —reconoció estrechándole la mano y sacudiéndosela repetidas veces con entusiasmo.

—Gracias —dijo el profesor con modestia, mientras se acomodaba las minúsculas gafas redondas sobre una nariz corta y distinguida. El profesor Oghios tenía un rostro elegante que aparentaba menos años de lo que en verdad tenía, casi sesenta. Usaba el pelo blanco apelmazado sobre la frente y una llamativa barba blanca recortada al ras con esmero. Cuando invitó a Daniel a pasar para inscribirlo en la sociedad Fantásmica, sonrió con unos dientes perlados, perfectamente alineados, que sugerían que era un hombre pulcro y cuidadoso, tal vez un detallista obsesivo. En cuanto hubieron entrado a un amplio recibidor iluminado, el profesor le susurró haciendo un gesto de complicidad-: Me inspiras confianza, Daniel, así que voy a confesarte algo: creo que esta casa tiene cuando menos un fantasma.

Daniel se interesó:

—¿Lo ha visto, señor?

—Puedes decirme profesor, si te parece —aclaró Oghios con amabilidad—, y no, Daniel, todavía no, pero le he escuchado en el ático, y una vez sentí su presencia en la biblioteca. Me parece que es un espíritu perdido, cuya existencia quedó unida a esta casa. Por eso se resiste a irse. En fin, aún no he tenido tiempo de estudiar su caso; veremos si más adelante se presenta la oportunidad.

—Yo puedo ayudarle, si gusta, señor… profesor.

Oghios midió al muchacho con un gesto que resultó indescifrable, sin embargo su voz resultó más amable que nunca.

—¿De verdad? Te lo agradezco, Daniel. Pasa al Salón de los Tapices y toma asiento donde gustes. Voy a la biblioteca a traer el reglamento de la sociedad Fantásmica.

La distinguida figura del profesor Oghios desapareció por un pasillo a oscuras. Daniel permaneció de pie, admirando la vetusta habitación a donde había entrado. Las paredes del salón, como describía su nombre, estaban cubiertas de tapices polvorientos, descoloridos por el tiempo y la humedad. A pesar de eso, conservaban parte de su magnificencia y su encanto. En estos podía verse una serie de temas que parecían tener relación entre sí. En medio de un par de altas ventanas, por donde se colaba una luz grasienta debido a lo sucio de los cristales, se podía ver un tapiz bordado con la figura de un caballero medieval luchando en campo abierto contra un dragón alado color verde tifón. El muchacho se encaminó hasta la chimenea de piedra; encima de ésta, un tapiz redondo testificaba la presencia de una niña que corría impulsando un aro sobre la avenida de una ciudad abandonada, con sus torres blancas como la cal, llenas de ventanas igual a ojos ciegos, y edificaciones interminables con arcos que parecían bocas que no dejaban de gritar. La niña corre detrás de su aro en un atardecer nuboso sin reparar que a la vuelta de un edificio cubierto de oscuridad, emerge la silueta de un dragón, expectante de lo que aparecerá al final de la calle. Daniel se estremeció sin darse cuenta. Avanzó por entre los muebles antiguos cubiertos de polvo, sorteando libros y otros objetos raros apilados en el suelo. Sus pasos sobre la alfombra producían un ruido desagradable como si pisara una piel reseca y escamosa, hasta que se detuvo enfrente de un tapiz cuyos bordes parecían haber sido roídos por un animal de gran tamaño. Más que bordado, el tapiz había sido pintado con un realismo sorprendente: la cabeza herida de un dragón emergía del fondo de un lago; sus ojos estaban ciegos y de su boca salían todos los horrores del Apocalipsis. Las aguas estaban cubiertas de cadáveres flotando, los cielos se desgajaban encima de los árboles secos y torcidos debido a la fuerza de una tormenta maligna. Había gente muerta a la orilla del lago, algunos tenían la piel tan estirada sobre las costillas deformes que parecían escorpiones salidos de los abismos marinos. En medio de todo el espanto, un hombre conservaba la serenidad sentado en la arena, leyendo un libro que despedía una luz asombrosa.     

 

 

 

 

 

 

El Ilusionista y el Ojo del Unicornio, Novela Juvenil  

  Edita: Editorial Progreso

  Colección: Piel de Gallina

  Fecha de Lanzamiento: octubre 2009 (a la venta en las principales librerías)

 

Capítulo I. El Ilusionista (fragmento)

      He vivido muchas experiencias aterradoras al lado de mi abuelo, Nicodemo Van Drake, pero en días cercanos a la navidad como éste, no dejo de pensar en la que vivimos en La Casa de lo Desconocido o el Lugar de los Gritos como le decían los que habían logrado sobrevivir sin perder la cordura o incluso la vida. Lo primero que recuerdo es el auto de mi abuelo, un Bugatti Royale rojo furioso con toldo blanco; el único que existía en la ciudad en aquellos momentos. Mi abuelo lo hizo importar de Inglaterra más que nada como un capricho para su ego, que parecía igual de invulnerable que él. Se lo compró a una pareja de granjeros ancianos que lo habían tenido guardado en su granero como nido para las gallinas. El auto estaba en un estado deplorable cuando llegó aquí. Yo le pregunté a mi abuelo por qué comprar ese cacharro cuando había otros en mejor estado. Él me observó desde sus alturas y sonriendo aclaró el misterio con voz profunda: “Porque a éste lo voy arreglar a mi gusto y no al capricho del que lo fabricó”. Ese era mi abuelo. Y con el recuerdo de su auto preferido es como deseo comenzar esta historia.

 

            El Bugatti rojo furioso avanzaba a toda velocidad por la pendiente creando remolinos de hojas secas por todo el camino. Egerton, el chofer, vestido de lino blanco y guantes de piel oscura, aceleró al llegar al final de la colina y el Bugatti rugió por las doce gargantas del motor modificado, devorando litros de combustible. Entramos a una curva cerrada que Egerton salvó con su acostumbrada pericia y de un salto temerario nos aferramos de nuevo al camino flanqueado por enormes pinos y abetos. Hacía dos horas que el paisaje no variaba para nada. Sólo árboles que formaban parte de bosques inmensos y oscuros. De vez en cuando aparecía un lago pequeño de aguas casi impenetrables, sin embargo habíamos recorrido muchos kilómetros sin toparnos a ninguna persona. Entramos al bosque por una desviación casi escondida; sentado a un lado de mi abuelo en la parte trasera del vehículo apenas y si lograba ver todo como una mancha de aceite sobre el lienzo. Al parecer teníamos prisa de llegar a algún lado.

Mi abuelo no me había dicho nada, hasta esa mañana en que entró a mi habitación con el rostro eufórico y una mirada extraña que delataba que alguna situación fuera de lo normal estaba por suceder: “¡Vístete, Nataniel. Nos vamos en media hora!”. Y no dijo nada más. Cerró la puerta tras de sí y me dejó con un cúmulo de preguntas atoradas en la garganta.

            Cuando terminé de desayunar a solas, mientras mi abuelo recogía algunas pertenencias de su biblioteca, Egerton acercó el auto a la entrada. La pintura destellaba como si fuera fuego líquido. Al abuelo le había costado dos años de esfuerzo dejarlo como había imaginado. “¡Y sin magia!” Se había jactado el día que lo mostró a sus amigos. En ese instante, se escuchó un portazo y las llaves girando en la cerradura de la puerta de su estudio. Sus pasos retumbaron presurosos por el pasillo. Yo me trepé al auto sin más para no hacer enojar al abuelo. Nunca se había molestado conmigo y no era hora de empezar. Una vez que abroché el cinturón de seguridad alrededor de mi cintura le pregunté a Egerton si sabía a dónde nos dirigíamos. El chofer negó con la cabeza discretamente para que mi abuelo no se diera por enterado que yo andaba husmeando en sus asuntos.

 

       El Bugatti se detuvo de pronto, arrancándome de mis recuerdos. Oteé por la ventanilla y lo primero que vi fue un caserón de cristal edificado en medio de la nada, envuelto por una neblina que se elevaba lentamente en el mediodía frío. Lleno de curiosidad salté del auto para verlo de cerca, mientras Egerton abría la otra puerta. Después de correr unos metros me detuve, jadeando por la emoción; me giré y vi venir a mi abuelo, un hombre de gran estatura, cabellera despeinada, fuerte, de cejas muy negras y nariz algo ganchuda, lleno de encanto; a veces se comportaba como un santo, otras como un demonio, pero la mayoría de las veces como Nicodemo Van Drake, el mejor ilusionista del mundo.

            Se detuvo a mi lado. Su respiración también se escuchaba agitada.

            —¿Sabes qué es este lugar? —Señaló la inusual construcción con un dedo clarividente. Negué con la cabeza. La voz de mi abuelo se alzó como un cuervo graznando en la montaña—. Un invernadero.

            Dicho esto, se encaminó a paso firme hacia la entrada del lugar. El silencio nos rodeaba como una serpiente expectante, a punto de atacar. Aquel palacio debía medir al menos dos manzanas completas, con paredes y techos curvos. En medio del edificio una cúpula de cristal de veinte metros de diámetro se alzaba imperante sobre nuestras cabezas. Sus cristales reflejaban el sol desteñido y la abundante vegetación que nos rodeaba. Pregunté al abuelo quién vivía allí.

            —Mi amigo y rival de toda la vida, Rajá Rasmus Rask. Nos ha invitado a pasar unos cuantos días en su nueva adquisición. Verás, Nataniel… Rajá y yo tenemos gustos similares… y fascinaciones similares. Siempre nos hemos sentido atraídos por lo inexplicable. Hace muchos años hicimos la promesa de encontrar una verdadera casa encantada. Una que lograra superar cualquier prueba. Hela aquí. Rajá la ha encontrado y, por su estado de excitación y lo que me ha dicho por teléfono hace unas horas, es probable que este sea el lugar más embrujado de todo el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL LIBRO QUE RESUCITABA A LOS MUERTOS

Mi nueva novela estará disponible, a partir del 09 de septiembre, en todas las librerías, incluyendo Samborns, Liverpool y los sitios de iTunes y Amazon.

Alain Poel es un estudiante señalado por la comunidad escolar como "incompatible". Al carecer de amigos, Alain siente una irremediable atracción por los libros. El solitario joven casi no tiene comunicación con sus padres y debe arreglárselas como puede en un ambiente escolar hostil, hasta que conoce al excéntrico bibliotecario de su escuela, quien lo guiará a través de un mundo de manuscritos enigmáticos y prohibidos. Allí, Poel descubrirá por accidente el ejemplar más oscuro de todos: el libro que será utilizado para resucitar a los muertos en el Juicio Final.

 

 

FESTIN DE MUERTOS: antologia zombi


Dieciocho historias de zombis que van más allá del horror. Dieciocho cuentos que exploran los mecanismos del miedo y nos invitan a adentrarnos en los territorios de la noche.

Festín de muertos es una antología de relatos mexicanos de zombis coordinada por Raquel Castro y Rafael Villegas, y publicada por Editorial Océano en su colección Lado Oscuro.

EL APOCALIPSIS LLAMA A LA PUERTA, cuentos

Con una narración concisa pero no por ello carente de detalles, Bustos habla del fin de los tiempos y no sólo de eso, sino también de otros horrores: de espectros, magia desconocida, organizaciones secretas, seres de otras dimensiones y lo más temible: la soledad absoluta, que acaba por convertir todo lo que se puede desear en un inicio por su opuesto.

El Apocalipsis llama a la puerta es publicado por la Editorial Paraíso Perdido en su colección Instantánea.

NOVEDADES

FANTÁSMICA

libro de relatos de horror, se hizo merecedor al Premio Internacional de Cuento "Gilberto Owen" 2009. El jurado estuvo compuesto por los escritores Geney Beltrán, Norma Lazo y Eduardo Antonio Parra.

En la sección Noticias encontráras la información completa.

A LA VENTA:

FANTÁSMICA, publicado por Axial Ediciones, del Grupo Colofón, ya se puede encontrar en todas las librerías del país.

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Ladrones del Crepusculo, novela juvenil

Acaba de ser lanzada al mercado español, mi nueva novela titulada LADRONES DEL CREPÚSCULO, editada por Grupo Anaya en su colección Espacio Abierto. Para más información pueden visitar el sitio web: www.anayainfantilyjuvenil.com , allí encontrarán la reseña de mi libro y el proyecto de lectura para escuelas y maestros, descargable de manera gratuita en PDF.

Nueva Antologia de Cuentos de Horror

32 MOTIVOS PARA NO DORMIR

Esta antología fue publicada por la editorial Círculo Rojo de Almería, España.

Mi cuento, EL HOMBRE MALO, fue seleccionado de entre 900 trabajos.

En la sección NOTICIAS encontrarás toda la información.

Nueva Antologia de Cuentos Historicos

JALISCO 1810-1910.

ANECDOTARIO DEL PASADO

DESDE EL PRESENTE.

Once escritores jaliscienses contemporáneos recrean anécdotas interesantes, curiosas, célebres o inusitadas en Jalisco durante la primera centuria que media entre la independencia y la revolución. Participo con un cuento titulado LA VUELTA AL CINE EN 46 FOTOGRAMAS, sobre la llegada del cine a Guadalajara. El libro fue publicado  por la editorial de la U de G como parte de los festejos del Bicentenario y presentado dentro de la FIL 2010.

Novela Juvenil

Visita la sección NOTICIAS:

Ya está a la venta mi nueva Novela

Juvenil, El Ilusionista y el Ojo del

Unicornio, publicado en Editorial Progreso.

En la sección NOVELAS encontrarás

un fragmento del Primer Capítulo.

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