CARLOS BUSTOS
Literatura Fantastica
cuento, novela y novela juvenil

 Ía

 Carlos Bustos

 

     

¿Qué es Ía?

¿Por qué sólo se alimenta con sangre?

Un fantasma me advirtió que desde su mismo nacimiento fue acostumbrada al alimento rojo. Ningún humano habría hecho semejante cosa. Fueron los Extraños.

 

 

 

      Mi trabajo como residente en el hospital de especialidades me había vuelto un ser nocturno. Salía de cubrir mi horario a las cuatro de la mañana, tan sobrecargado de adrenalina que la única manera de quemarla era haciendo el recorrido a mi departamento caminando. Con los meses mejoré mi tiempo de cuarenta y cinco minutos a media hora de caminata veloz. De esta manera llegaba totalmente agotado a mi cama y me dormía en cuestión de segundos. Si no lo hacía así permanecía despierto el resto de la madrugada, lo cual afectaba mi rendimiento en el trabajo. Era también una buena rutina para no pensar en la soledad. Sólo había tenido una relación en mi vida y duró más de diez años; cuando terminó me sentí perdido y sin ánimos para reiniciar otra. Además, como doctor residente estaba encargado de terapia intensiva. Ya tenía dos años en el mismo turno, cubriendo navidades y hasta año nuevo, sin lograr el cambio a la mañana o que me dieran la planta definitiva.

     —En unos meses se liberarán ocho plazas al menos, Daniel. Una será para ti; de mi cuenta corre, ¡no te preocupes hombre! –me aseguró el doctor Aresio, quien era el jefe de residentes. Era un hombre alto y de rostro distinguido, más parecido a un aristócrata de modales elegantes que recorría con placidez los pasillos laberínticos del hospital como lo haría en su chalet de las montañas. Nos habíamos tomado cierto aprecio que nunca se había convertido en amistad, quizá por mi fama de solitario o quizá porque el doctor Aresio no deseaba traspasar esa línea entre los que no cobrábamos sueldo como doctores de manera oficial y los que eran como él. Aún así, nos llevábamos bien y eso era lo importante.

 

      En el mes de octubre, cercana la noche de brujas, comenzaron a suceder eventos extraños. Clínicas de emergencias y depósitos de sangre fueron atacados por ocho hombres que robaban todas las plaquetas de sangre provenientes de la donación. En su último ataque habían matado a todos los que hacían guardia en ese momento, con excepción de una enfermera que fue traída a terapia intensiva justo en mi turno de trabajo. En las noticias se dijo que las cámaras de seguridad no pudieron captar más que siluetas oscuras que aparecían y desaparecían a velocidad asombrosa. Cuando el video fue transmitido por todas las estaciones, pensé con cierta angustia, o con un temor reverente, que era como si las instalaciones hubieran sido tomadas por un ejército de sombras.

       La pobre mujer que había sobrevivido venía en muy mal estado. Había sufrido un infarto al miocardio y la habían revivido en la ambulancia luego de tres desfibrilaciones. Además, se encontraba en un shock post traumático por la experiencia durante el ataque.

      Permanecí a su lado cuidando sus signos vitales. Cercano al final de mi turno, la mujer comenzó a mover los ojos de prisa bajo los párpados; momentos después salía del trance. Recelosa observó a su alrededor hasta que me descubrió junto a ella. Me presenté de inmediato; le aseguré que se estaba recuperando y tenía que guardar reposo absoluto. La mujer trató de hablar, sin embargo sus cuerdas vocales se negaban a pronunciar algún sonido. Haciendo un esfuerzo arrastró las palabras:

     —Los extraños, doctor, los extraños….

      —¿Qué extraños? ¿Los de esta noche? -me puse en alerta para captar todos los detalles en caso que la policía se apareciera haciendo preguntas, pero sobre todo porque mi curiosidad era personal- Usted los vio, ¿cómo eran?

      Sus ojos no dejaban de mirarme, desfigurados por el temor. Su voz se atragantaba. Por fin susurró:

   —No tenían rostro… ni cuerpos tampoco. Aparecieron de la nada y mataron a todos.

      Su pulso se aceleró.

   —Calma. Usted está bien. Necesito que permanezca tranquila.

      Su ritmo cardiaco continuaba acelerando; su rostro se contraía como aquejado por algún dolor. Comencé a preparar un calmante para inyectarlo en el suero, cuando la mujer me tomó por el brazo. Su fuerza era demoledora. Ni siquiera intenté zafarme. La escuché decir:

      —Yo no les fui útil, por eso sigo viva.

      —¿Cómo es eso?

      La mujer comenzaba a respirar agitadamente; tenía el rostro colorado y los ojos vidriosos. Parecía que lo siguiente que iba a confesar le costaba un gran esfuerzo.

      —Tengo principios de leucemia –expulsó por fin, jadeante-. Mi sangre no les servía para nada; está empobrecida, doctor –y comenzó a llorar, desahogándose por lo que había pasado esta noche. La abracé hasta que sus ojos comenzaron a cerrarse. Su corazón se tranquilizó poco a poco. Retiré su mano de mi brazo y la coloqué a un lado de la cama. En cuestión de segundos estaba dormida. Guardé la hipodérmica con el sedante en mi bolsillo.

 

       Cuando mi turno terminó, me arrojé a las calles, pensativo. La ciudad estaba silenciosa. Ningún vehículo transitaba a esas horas y hebras de neblina envolvían la luz de las farolas. A lo lejos distinguí una silueta inmóvil junto a un callejón. Mientras me iba acercando, no le podía distinguir el rostro y la figura perdía forma, se distendía hacia los lados como la flama de una vela, debido a lo denso de la niebla, deduje. Al llegar al lugar, la sombra había desaparecido. Me asomé con cuidado al callejón. Era un pasillo estrecho con dos paredes altas y un contenedor de basura. Un olor a velas mojadas se esparcía en el ambiente como un veneno de lenta acción. A un costado del contenedor una mujer gimió. Me quité la mochila de la espalda y entré con rapidez a ayudarla. Era una joven casi en completo desmayo, no mayor de veintidós años; y era de color rojo: su pelo, sus ropas, su rostro. Al levantarla del suelo mis manos se cubrieron con aquella sustancia que la manchaba y supe de inmediato que era sangre. No tenía heridas visibles, por lo tanto asumí que era sangre de otra persona. Estaba a punto de buscar ayuda cuando la joven abrió los ojos, oblicuos como los de un gato, y se me echó encima a mordidas. Podía sentir su aliento sobre mi cuello, cercano a la yugular, en donde los latidos del corazón se me agolpaban por el susto; litros de sangre circulaban en ese momento por mi arteria principal y la joven no dejaba de atacarla, deseando clavar sus dientes de una manera feroz. Traté de desembarazarme de ella sin éxito. Me había arrojado al suelo y la tenía encima, pateándome y arañándome como una fiera hostil. Su boca estaba muy cerca de mi cuello; entonces lo mordió. Sentí un dolor ardiente cuando sus dientes atravesaron mi carne. Fue instintivo: manoteé buscando algo para golpearla y en eso recordé que aún traía la jeringa en mi bolsillo. Un líquido viscoso resbaló hasta mi nuca. Con esfuerzo alcancé la hipodérmica y con ayuda del pulgar boté el plástico que protegía la aguja. Me sentí mareado por unos segundos y también terriblemente excitado sin saber por qué. Encajé la aguja a la altura del hombro e inyecté el sedante de golpe. Ella apenas gimió; la jeringa le quedó colgando del brazo, mientras yo, inmovilizado por la fuerza sobrenatural de la chica, trataba de gritar para que alguien me escuchara. La mujer relamía mi sangre con gemidos de deleite. Una erección se inflamó bajo mi pantalón y fue tan poderosa e inesperada que por instantes sentí un dolor pulsante. El cuerpo de la joven comenzó a aflojarse con lentitud, sus labios dejaron de sorber y en ese instante aproveché para arrojarla lejos de mí. Su cuerpo cayó desmadejado a un lado del mío. Me sentía fatal; todo me daba vueltas. Palpé mi herida; era apenas superficial. No le había dado tiempo suficiente para lastimarme a profundidad. Me puse de pie y la miré con asombro e ira al mismo tiempo. La joven dormía ahora con espasmos que la hacían estremecerse. Dos hilos rojos enmarcaban su barbilla de una fragilidad casi inocente.

      Salí del callejón. No encontré ninguna patrulla o taxi para llevar a la joven al hospital. Tampoco podía dejarla tirada en medio de aquel lugar. Mi responsabilidad era cuidar de ella hasta ponerla a salvo. Mi casa no quedaba muy lejos en realidad, pensé. Sería sólo cosa de horas hasta que amaneciera y pudiera trasladarla a emergencias. Me eché la mochila al hombro y cargué a la joven entre mis brazos. No pesaba mucho; de hecho me pareció algo frágil. Su respiración se había convertido en un pequeño fuelle atascado. Sin querer, miré la aureola que dibujaban sus pezones a través de la ropa ensangrentada. Me sentí mal por aprovecharme de su inconciencia. Aparté la vista y hasta llegar a mi departamento sólo miré hacia el frente. Fue una suerte no toparme con nadie, no sé que explicación hubiera podido dar.

      Recosté a la jovencita en mi sofá y la observé detenidamente. No podía llevarla a ningún lado con esa apariencia impresionante. Calenté agua en una palangana y humedecí una toalla. Empecé a limpiarle el rostro con cuidado. Al retirar las costras de sangre descubrí unas facciones inusuales, pero bellas al mismo tiempo. Sus mejillas ofrecían un aspecto aterciopelado. Los labios carnosos, de un color bermellón natural, parecían húmedos todo el tiempo lo que me pareció angustiante y recriminador al mismo tiempo. No pude resistirlo. Los besé con timidez; estaban calientes y sabían a sangre reciente; la mía. Los volví a besar, esta vez paladeándolos con mi lengua, otorgándoles pequeñas mordidas en su parte más gruesa y en las comisuras adornadas con su saliva. Me retiré asustado. Estaba faltando a mi ética como médico. No sabía por qué me había dejado llevar por mis instintos. Nunca me había pasado. Pero allí con ella, me sentí seguro, sentí que podía confiarle todos mis secretos. Removí los islotes de sangre de sus brazos y piernas, largas y delgadas como líneas ecuatoriales, pero respeté el resto de su cuerpo protegido por el camisón que llevaba. La cubrí con un cobertor y la dejé dormir hasta el amanecer.

      Frente al espejo del botiquín miré la herida del cuello. Una marca como un rombo sobresalía en mi carne. Me pareció extraño: no había herida de dientes. Apliqué yoduro de cromo con un hisopo y la cubrí con un trozo de gasa. Tomé una ducha para deshacerme de la adrenalina que mi cuerpo traía consigo. Salí del baño y me senté frente a mi visitante. Dormía con una calma envidiable, arrebujada en aquel sofá que al despertar le resultaría desconocido -como pensaba yo de mi comportamiento de esta noche-. No sabía como reaccionaría. Tendría que estar prevenido. Mientras tanto, contemplándola, me pareció la joven más extraña que hubiera visto en mucho tiempo. Bostecé. Los ojos me ardían y me comenzó una serie de parpadeos que me sumían en una oscuridad a intervalos. Me quedé dormido.

 

      Desperté sediento y con un rectángulo de luz que me pegaba en medio rostro. Aún estaba en bata y descalzo. Me levanté del sillón y libre del encandilamiento reparé que la joven no estaba en su lugar. Miré hacia todos lados buscándola. Corrí a la recámara y me vestí a toda prisa con lo primero que encontré. No estaba en el baño ni en la cocina. La puerta seguía con llave, por lo tanto continuaba dentro del departamento. Revisé detrás del sillón en que yo había pasado la noche y allí estaba ella, observándome con sus ojos oblicuos como de lobo azorado. Eran de color miel, más amarillos que ámbar. Me acerqué con cuidado y le tendí la mano. Salió caminando en cuclillas y se sentó en la alfombra. Sus piernas sobresalieron del camisón sin que le importara. Su mirada se desvió a la herida en mi cuello; alargó la mano como para tocarla, pero se lo impedí. Ella se asustó un poco al sentir la fuerza de mi mano sobre su antebrazo. Enseguida se me acercó al rostro con curiosidad; pude oler el aroma de su cuerpo aunque no identificarlo a pesar de lo grato que me resultó. Le pregunté su nombre. Ella, moviéndose en silencio, me exploró con una mirada que resultaba solemne bajo sus cejas abundantes:

      —Ía –contestó con una voz salida del roce de un cristal. Se alzó en sus dos piernas largas, delgadas, como de gacela y sin decir ninguna otra cosa, corrió hacia la ventana abierta. Se lanzó por ésta. Cuando me asomé había desaparecido. No podía creerlo. Por un momento me sentí enfermo y con nauseas. Era demasiado para asimilarlo tan rápido. Fui al lavabo y me refresqué. “Ía…” repetí frente al espejo, y ya comenzaba a dolerme su ausencia.

 

      Apenas y probé bocado en todo el día. Sólo podía pensar en ella. Su olor conspiraba contra mí en persistentes oleadas que me alcanzaban por instantes. Comenzó a anochecer y mi intranquilidad no cedía. Salí a dar una vuelta al callejón con la esperanza de encontrar un indicio de su presencia, lo cual resultó un fiasco. Volví al departamento y me sentía tan agotado por la falta de descanso que me arrojé a la cama y me quedé dormido profundamente. No pude soñar con ella. Su imagen se me negaba a pesar de lo mucho que la deseaba ver. Un ruido me despertó. Abrí los ojos y de la oscuridad surgieron ocho sombras que me miraban susurrando; al lado de los extraños distinguí un barco de color negro y velas negras también. La cabeza de una Gorgona adornaba la proa fantasmal de la embarcación, que se bamboleaba con un lamento tétrico. Habían venido por mí, los mensajeros de la muerte. Desperté de mi sueño de estar despierto. Eran las doce de la noche. Me había perdido mi turno en el hospital. Aresio no iba a estar nada contento conmigo. Alcé la vista y al pie de la cama, Ía de color azul, debido a la luz nocturna que entraba por mi ventana, se alaciaba con las manos mechones de su cabello. No parecía ponerme atención. Me recargué en la cabecera y la llamé. Ella siguió, inalterable, pero la vi sonreír entre las hebras de pelo que le cubrían el rostro. Se detuvo.  Se deslizó hacia mí. Se recostó sin deshacerse de ese silencio que siempre la perseguía. Tomó mi mano. Introdujo mi pulgar en su boca. Sentí su lengua tibia alrededor de mi dedo. No podía moverme; sentí un hormigueo paralizante en todo el cuerpo. Retiró el pulgar de sus labios. Tomó mi mano. La mordió, despacio, después, aplicando toda la presión. Empecé a sangrar copiosamente. Ía abrió la boca y su lengua se desenroscó como un filamento o un zarcillo, y palpó la herida; entonces reparé que la punta de ésta terminaba en forma de rombo con una pequeña oquedad; era como la lengua de las mariposas que les sirve para sorber su alimento.

      Cuando terminó de beber se me acercó y me dio un suave y prolongado beso que sabía a sales, a fluidos que eran de un mundo desconocido pero al que debimos pertenecer hace mucho, antes de ser humanos. Después de besarme, Ía, se pasó la lengua por los labios, se puso en pie y despareció en el umbral de la puerta. Todavía duré quince minutos antes de salir de mi estado de inmovilidad devastadora. No sólo me había despojado de mi sangre, sino también de mi alma.

      Poseído por la rabia de la atracción, traté de averiguar lo que pudiera sobre los extraños y sus recientes ataques. Conociendo sobre ellos tal vez sabría más de Ía. Entré a la internet. Las notas periodísticas hablaban de lo mismo, nada relevante. En los reportes sensacionalistas encontré información detallada. Los testigos hablaban de sombras sin rostro que atacaban invadiendo los cuerpos de sus víctimas, y escapando como arena negra por los ojos del desafortunado que se les atravesara en su búsqueda. El reporte de la autopsia revelaba la ausencia de sangre en los cuerpos, que quedaban secos, momificados, a los que aplicando algo de fuerza se desmoronaban como pasta de hojaldre. Desconcertado fui a la cocina y me preparé un emparedado de salami crudo, tomé dos cervezas y volví a mi puesto en la computadora. Toda la tarde continué investigando distintos canales de hechos, algunos tan distorsionados que no valía la pena verificar. Entré a los chat rooms de los amantes de lo desconocido y merodeé entre los usuarios tratando de captar algo importante. Cuando me di cuenta, se me había hecho tarde para el trabajo. Pero esto era más importante, me traté de convencer, molesto, mientras marcaba el número del privado del Dr. Aresio. Sonó un par de veces antes de que levantara la bocina. No le di tiempo a nada. Le expliqué que tenía una infección estomacal y que en estas condiciones no podría presentarme a mi puesto. Le aseguré que con otro día de reposo me repondría. Aresio me escuchó en un desagradable silencio. Convino en un “Está bien, Daniel, que te mejores”, y colgó. Volví a la computadora. En la sala de chat alguien llamado Sal Roja, había escrito “DÉJALA IR, DANIEL. ÍA NO ES PARA TI”. Me asustó que alguien me hubiera reconocido, pero aún si hubiera sido el caso no era posible que supieran de Ía. “¿Quién eres?”, escribí. La respuesta de Sal Roja fue: “Lo correcto es quién fui”. Como broma era bastante tétrica. Dudé si seguirla hasta que un instinto básico me impulsó. Tecleé: “Muy bien. Entonces dime quién fuiste”. El cursor de Sal parpadeaba sin cesar. Pasó medio minuto sin contestación. Las palabras aparecieron de pronto: “Su padre”. Me dejé caer en el respaldo, resoplando. El bromista se había pasado de la línea y lo iba a poner en su lugar: “Mira, cabrón, a mí no me vas a ver la cara…” “Pero te la estoy viendo en este momento, Daniel”, interrumpió mi amenaza, “¿Aún te duele la herida del cuello?” Toqué la herida protegida por la gasa. No había manera que alguien me estuviera viendo. Los nervios se me crisparon. Con todo, decidí darle otra oportunidad a quien quiera que fuera esa persona. Volví a escribir: “¿Qué sabes de ella?” “¿De Ía? Todo. Es un vampiro. Una criatura de la noche. Te desea, Daniel, y tú estás enamorándote de ella. Te repito, eso no es posible; pertenecen a mundos distintos: ella es libre, tú no. Eso es lo que te atrae tanto: lo que representa para ti, soltar las amarras que te atan al mundo que conoces, a la vida que llevas como un traje desnudo, desgastado y sin color. Pero aún si quisieras con toda tu alma pertenecer al mundo de Ía, no tendrías el valor de dejar la seguridad que te ofrece el tuyo; eres un animal de costumbres, doctor, tienes miedo, como el resto de tus semejantes. Te han hipnotizado para que no sepas distinguir entre lo incorrecto y lo correcto, ¿y sabes cómo lo sé? Porque ninguno de los dos conceptos existe; eres tú, en tu mente, quien siempre trata de elegir el más adecuado para salvar la situación. Mientras no comprendas esto seguirás siendo esclavo. Olvídala, Daniel, a ella sólo le atraes porque nunca había conocido a alguien de tu mundo; a alguien como tú, un ser hecho de la misma noche a fin de cuentas. Los extraños, como los llamas, cometieron un error al traerla y abandonarla en el callejón, pero son como niños desaseados que dejan el alimento en cualquier lugar”. “¿Alimento, dice? ¿Qué quiere decir?” “Digo que en nuestro mundo existen diferentes razas. Nosotros somos alimento de los extraños y ellos son el alimento de alguien más y ustedes son el alimento de nosotros y todos formamos parte de la cadena alimenticia, Daniel, ¿me sigues? El alimento escasea de donde venimos. Cuando Ía nació, su madre quiso acabar con ella matándola, ya que a duras penas conseguíamos comida para sobrevivir nosotros. Me interpuse. Le expliqué que la niña podría ser alimentada de manera distinta. Sólo cuando se nos alimenta con sangre desde pequeños adquirimos el hábito o el gusto, como desees llamarlo. Mi esposa no retrocedió. Podía ver la ira en sus ojos… y el hambre. Me atacó y yo me defendí. Devoré su alma, pero quedé muy mal herido. Tomé a Ía y la llevé lejos. Hasta donde pude. Cuando sentí cercana la muerte, acerqué a mi hija y con la uña larga del meñique le dibujé la piel: grabé en su espalda un símbolo que decía su nombre y advertía que nunca debía ser alimentada con sangre. Sí, sería un vampiro, con todas sus virtudes y poderes, pero no esclavizada al alimento rojo. Hecho esto, morí con Ía entre mis brazos”. Me quedé sorprendido ante la historia. Necesitaba saber más. Pregunté a Sal por el destino de Ía, qué había sucedido después. Sal Roja evadió mi pregunta, contestó en tono imperativo: “¡Déjala, Daniel! Ella aún es pura y mientras lo sea tiene esperanza de sobrevivir con otro de su especie. No le arrebates lo que no te pertenece. Te lo pide alguien que murió para salvarle la vida. ¡Aléjate!” Su nombre desapareció de la sala de chat. Permanecí en silencio mirando la página en el monitor. No sabía qué hacer. El solo hecho de pensar en no volver a verla me angustiaba. Me mordí los nudillos con desesperación. Necesitaba oler el perfume de su cuerpo, verla, rozarla para sentirme vivo. ¿Cómo podría desprenderme de ella? Pensaba en esto, cuando a mis espaldas apareció Ía, de color verde medusa por la iluminación que recibía del filtro del monitor. Me rodeó con sus brazos. Cerré los ojos para no verla, para hacerla desaparecer de este mundo y de mi memoria, pero eso era imposible. Me levanté de la silla. Ía dio un paso adelante, subió a mis pies, se abrazó de mi cuello en cauteloso silencio y me besó. Nos besamos más allá de lo correcto o lo incorrecto, de las premoniciones que nos habían llevado a este escenario, del destino o la coincidencia que no son más que palabras que el hombre ha inventado para justificarse ante su falta de decisión. Ía me rodeó con sus piernas largas y delgadas como las lágrimas que se mezclaban en nuestros rostros. Quise creer que ella estaba al tanto de lo dicho por su padre; por lo mismo sabría que no podríamos estar juntos. Éramos como amantes cercanos al vacío. Esa noche, el vértigo fue nuestro cómplice. Nos amamos en la posibilidad infinita de la caída.

 

      Ía regresó la siguiente noche y también la siguiente, y las que siguieron a éstas. No volví a trabajar ni contestaba ninguna llamada. Sólo me dedicaba a esperarla cada noche; alimentarla con mi sangre; amarla en un sueño de cerraduras que se abrían y nos liberaban de mi mundo y el suyo.      

      La debilidad atormentaba mi cuerpo desde hacía días. Ya no podía dejar la cama. Con mi último soplo de vida le pedí que me diera una prueba de que realmente me amaba. Ella trepó con delicadeza a mi cuerpo y se enarboló imponente, mirándome con los ojos más tristes del mundo. Entonces, se abrazó a mí; recostó su cabeza contra mi pecho, y antes de hundir su lengua letal en mi corazón, murmuró: “me llamo…”

 

             Morí sin escuchar su voz. Me liberé de ese cuerpo que Ía rompe y con que se alimenta para obtener fuerzas y alcanzar la otra orilla. Tal vez lo hizo para que yo pudiera estar con ella en su mundo, del que no puede marcharse del todo. Era la única manera. Y cuando nos encontremos de nuevo, en un  jardín de flores negras, le diré que ella fue más que un nombre o que perder un alma que creía única: fue un misterio sin dueño, el presagio de una vida invisible, invulnerable, y al final de mi existencia, un corazón tan oscuro.

       

 

Fantasía Oscura

Siempre me he considerado como un buscador de cosas extrañas, entre más inexplicables mejor. Desde temprana edad, me he sentido atraído por fantasmas, casas embrujadas, artefactos secretos y criaturas imposibles del mundo de lo sobrenatural. Esta página es como un gabinete en el que podrán encontrar cuentos extraños, tanto míos como de otros autores, la mayoría desconocidos y cuyo destino final permanece en un misterio abrumador. Cada texto que vaya apareciendo aquí tiene la encomiable tarea de estremecer, de emocionar, de plantear más preguntas que respuestas, pero nunca de dejar al lector indiferente. Pasen pues a este bazar de objetos oscuros, de narraciones inusuales y raros hallazgos.

Sean todos Bienvenidos. 

 

 

 

 

  

ARCANOS 

Carlos Bustos

 

Un viejo arcano, que habiendo vivido más tiempo del que la naturaleza rara vez concede, se entretenía contando historias que por su carácter nocturno se adivinaban disímiles a cuanto se había oído. Por las noches, el de carnes dolientes cruzaba la avenida de los sepulcros seguido por un rebaño de niños encogidos unos contra otros, buscando resguardo entre la oscuridad que proveían los ciruelos. El anciano giboso alzó por la argolla, un pequeño sarcófago con paredes de cristal;  una bujía ardía dentro. La anémica luz que sostenía a un lado de su rostro arenoso, transformó las siluetas de los niños en sombras quiméricas. El viejo entorna los ojos exultante, cuenta una historia: "De mis muchos años de vida, debatidos en penurias y placeres, en nomadismos y escaramuzas, recuerdo en especial el de mi viaje a las montañas. Allí supe, vivía un ermitaño tan antiguo como los acantilados de la luna y tan sabio como podía considerarse al hombre más viejo del mundo. "Una curiosidad malsana se apoderó de mí y me obligó a cruzar las cicatrices montañosas hasta llegar a su cueva. Mirar el rostro de ermitaño era asomarse a un espejo descomunal: todos los rostros que los hombres podían mostrar estaban allí tallados en aquel rostro con cruel exactitud. Formula tu pregunta, dijo el eremita -quien a pesar de vestir harapos se conducía como un noble-, y antes de que yo pudiera realizarla, el ruinoso instruido alzó un puño y lo descargó sobre mi rostro; dijo: cometamos sin temor alguno todas las atrocidades y perversiones que justifiquen nuestro lugar en el mundo. En el infierno desconocen la moral.

 

 

 

 

 

EL ESCATÓLOGO

Eduardo Buzani (Buenos Aires, 1973)

 

Se es lo que se come

Séneca

  

Sebastían Domenico Ferruti, de fama escatólogo, tomó entre las yemas de los dedos una porción de la fuerza de convicción del hombre. Palpó con delicadeza el pequeño trozo de excrescencia, lo miró a contraluz con ojos de catador experto y acercándolo a sus acantilados nasales aspiró su persistente aroma. Con una uña larga como espátula, lo desmoronó para hurgar en su interior. Entregado a su delirio, anotó en las hojas de su bitácora que su consistencia es: “esponjosa como las nalgas de las prostitutas griegas; su color como el del vino de Burdeos cuando se fermenta; su hedor como debió haber olido bajo el ropón que usó Dalí en sus últimos días; su presencia es maliciosa y exigente, a veces puntual y otras no tanto, aunque regocijante mientras se le desecha; su sabor es varios sabores a la vez: salado y agridulce, condimentado y escandaloso, nicotínico o etílico según sea el vicio del contribuyente; su apariencia es luctuosa, estriada como la de un continente desértico y su forma es semejante a la de un proyectil oblicuo, al que se le podría dedicar una oda: ¡Que forma tan bella de morir en el momento más sublime de la creación humana; entregar el alma allí mismo, sobre las mansas aguas del retrete, con el extraño a medio camino, congelado en la escotilla del intestino debido a un corazón triste o a una muerte inesperada y prematura. Y ser encontrado así, en la  noble posición de un pensador metafísico, sosteniendo todavía el cigarrillo a medio fumar, y con el cuerpo arqueado sobre la tapa, ignorando la vergüenza, haciendo burla del pudor”.

        Ferruti, el escatólogo, lucía feliz. Después de años de investigación había culminado su tratado sobre el origen del bien y del mal en el excremento (bene et malum in excrementum, lo hubiera nombrado dos siglos atrás); porque quien no lo sepa, en las benditas deyecciones se puede encontrar origen y cura a toda clase de enfermedades físicas o mentales. Domenico sabía que a partir de su descubrimiento se podría evadir por más tiempo a la muerte. Porque la muerte proviene del deterioro interior: de un corazón preparado desde el nacimiento para fallar en determinados años, o un hígado sano que de pronto aparece como un panal de pus. Todo esto se evitaría oteando en el territorio de las heces, que no mienten, porque vienen de tan lejos (de los confines del cuerpo), que algunas veces llegan impregnadas con el olor a inmortalidad del alma.

        Domenico palpó el manuscrito terminado y firmado por él. Se había conquistado un mundo ignoto.

        Cuando Sebastián Domenico Ferruti, de fama escatólogo, murió, un siglo después de su nacimiento, su cuerpo fue cremado y sus cenizas fueron depositadas en una urna en Santa María Goretti. En la placa podía leerse el siguiente epitafio (escrito por él mismo  antes de su muerte): “Aquí yace Ferruti, que vivió la mayor parte de su vida estudiando lo que a los demás les pareció materia despreciable. Aquí yace un hombre; déjenlo yacer”. 

 

 

 

 

EL CALAMAR

Carlos Bustos

 

Perdí mi boleto de abordaje. El barco zarpó sin mí y se hundió a la medianoche. Los pasajeros que no alcanzaron botes de salvamento levitaron en la frigorífica barriga del océano. Uno de los sobrevivientes me relató que el calamar gigante ascendió desde su oscuridad eterna. Era un monstruo obeso y repulsivo. Devoró a hombres y niños con su enorme pico calcáreo. Muchos pasajeros fueron rozados por sus ventosas, profundas como túneles, y su sangre se gangrenó sin remedio. Antes de desaparecer en los abismos, el calamar los miró a todos con su único ojo de dios acuático. Hizo un guiño monstruoso que se prolongó durante horas. La sensación de que les había robado el alma les atormentaría hasta el fin de sus vidas.

      Deseé suerte al sobreviviente y a otra media docena de pasajeros y marinos que partían al amanecer a la caza del calamar gigante.

 

                        

            

                                     LOS AMANTES MERCÚRICOS I

Eduardo Buzani (Buenos Aires, 1973)

 

No tienen principio ni fin. Simplemente existen. Los amantes mercúricos viven en el intervalo en que una gota de mercurio se desprende en el aire y el tiempo que dura en colisionarse contra el suelo. Los mercúricos no tienen alma ni descendencia. Pero sobre todo, carecen de tiempo. Sin embargo su mundo es real, ellos son reales, pero su existencia está limitada a sólo hablar -¡tan poco tiempo tienen!- y a no darse cuenta que existen. Entonces, el devaneo entre ellos se reduce a diálogos que oscilan entre algunas cuantas micras de segundo.

 

 

  

                                   LOS AMANTES MERCÚRICOS II

 

 La partícula de mundo saltó de su órbita en veloz caída.

 

-¿Qué sabes de la eternidad?

-He oído que es la artritis del tiempo.

-No conozco el significado de tiempo.

-Observa aquella giba de mercurio que se forma en nuestro océano, el movimiento telúrico que produce cuando choca con un islote, las ondas de fina plata que avanzan y retroceden; entre cada uno de estos acontecimientos se agazapa un tiempo.

-Animal extraño.

-No es animal.

-Organismo vibratorio, entonces.

-No, tampoco.

-Alguno de nosotros.

-Absoluto  no.

-Ninguno de nosotros.

-Estás equivocada.

-Entonces...

-El tiempo es espectro de lo incierto. Vocación para el que ha aprendido a domar los demonios que habitan la piel del tintero.

  

 

  

  

NADAR LA MAR POR AMOR

Godofredo Olivares

 

Con certeza inquebrantable se afirma que el amor verdadero logra vencer toda adversidad. Prueba de ello son los centenares de  historias, reales y míticas, que engruesan tantos libros y donde los amantes en su enardecida pasión acometen sacrificios, locuras, muertes, arrebatos o suicidios. Una épica prueba de amor fue la del mitológico Leandro, que en la oscuridad de numerosas noches atravesó a nado, ida y vuelta, una franja de mar entre Europa y Asia para encontrarse con su amada, la hermosa Hero.

 

     Hasta inicios del siglo XIX, se creyó imposible realizar esta legendaria hazaña de cruzar nadando el estrecho, nombrado en la antigüedad griega de Helesponto, y hoy conocido como de los Dardanelos, y que comunica el mar interior de Mármara con el mar Egeo. Pero la mañana del 3 de mayo de 1810, en un segundo intentó, el poeta inglés, Lord Byron, que se jactaba más de sus hazañas atléticas como nadador que de sus poesías o de haber vendido en un solo día 18,000 ejemplares de su obra cumbre Don Juan, atravesó en una hora y cinco minutos, los 1,600 metros que separan la costa de la ciudad de Sestos a la de Abydos.

 

Byron debió conocer por las Heroidas de Ovidio o en los versos del poeta griego Museo Gramático, la leyenda helenística de Hero y Leandro, la cual relata el azaroso amor de dos jóvenes: Hero, una sacerdotisa dedicada al culto de Afrodita por decisión de sus padres, y que vivía tan sólo con una fiel criada que le asistía en una torre frente al mar, a las afueras de la ciudad de Sestos. Y Leandro, un muchacho tracio que radicaba en la asiática Abydos. Fue durante un festival celebrado en honor de Adonis y Afrodita cuando se conocieron y de inmediato, sin palabras, se engarzaron en un amor secreto y nocturno ya que la virginal Hero tenía el impedimento en desposarse con un extranjero. Así iniciaron los anocheceres cuando Leandro ansioso esperaba ver, en la costa opuesta, la antorcha que Hero encendía en lo alto de la torre y poder guiar su nado hasta ella. A su llegada, se abrazaban y Hero le pedía que reposara en su pecho todo el esfuerzo vertido. Después le ungía el cuerpo con aceites para eliminar el sudor de las brazadas cometidas y de la sal del mar. El resto de la noche permanecían entregados a los placeres de Eros. Antes del alba, Leandro volvía a zambullirse y nadaba sintiendo las olas como caricias de su querida Hero. Este diario ritual se extendió del verano al otoño, e incluso iniciado el invierno con vientos y oleaje más embravecidos. Una gélida y oscura noche, la fiereza del mar era tan intensa que dificultaba la decisión de Leandro de nadar entre olas furiosas. Mientras la bella Hero, creyendo que él no dejaría de acudir a la fiel cita, subió a la torre y parapetando las ráfagas del viento con su manto empuñó la antorcha que orientaría el rumbo de su amado. Leandro, al ver a la distancia aquel frágil destello, no dudó más y se lanzó a las encrespadas aguas confiado en su fortaleza. Pero una violenta borrasca apagó la solitaria luz y el nadador quedó cegado en su rumbo. Leandro, durante horas, luchó en la oscura turbulencia hasta ahogarse. Al amanecer, el mar exhaló su cuerpo vencido a la playa donde Hero lo recibió. Ella, después de contemplarlo unos momentos, enloquecida de dolor se precipitó desde la torre.

 

El Castillo de las Lluvias Menguantes

 

Carlos Bustos

 

 

La verdad de los personajes, los míos, los de los otros escritores,

es que están vivos más allá del subconsciente. Yo los he arrancado de su sueño

y los condeno a deambular entre las páginas de mis historias.

Edgar Allan Poe

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Terminado de caer el último fruto de luz del atardecer, el viajero que cruzaba el bosque buscó dónde guarecerse de la bestia llamada lluvia. Lo primero que vio fueron los baluartes, rostros fósiles en el exterior de las murallas del castillo. Cruzó el puente levadizo defendido por torreones devastados y llegó a un patio donde la lluvia caía intermitente, igual que dardos de plata iluminados por una luna en cuarto creciente.

Unos palafreneros salieron a recibir al viajero, lo despojaron de su capa sucia de viajes interminables. El viajero subió por unas escalinatas y llegó hasta una sala circular rodeada por vitrales que estilaban su luz como sangre bermellón. Sentados en torno a una mesa de roble macizo, una ronda de personajes singulares conversaban alzando sus copas y bebiendo. El viajero tomó asiento. La cena estaba servida. Vino de Jericó, guisado de ternera en salsa de azafrán, empanadas de emú, frutas confitadas y leche.

Acabada la cena y terminado de beber el penúltimo sorbo de vino, el viajero pudo desviar la vista de otra cosa que no fuera la comida y pudo por fin, estudiar la identidad de cada uno de los otros comensales. Había entre ellos un gigante bordeado de cicatrices, un hombre vestido con un manto y capucha que le ocultaban la mitad del cuerpo, y hasta una joven con el torso desnudo y los senos carentes de los cálices rosados que brotan a flor de piel en las mujeres; seres que de inmediato hubieran atraído la curiosidad de cualquier persona, fueron, si no desapercibidos, sí menos interesantes que el individuo que en verdad atrajo la atención del viajero: un hombre de aspecto encorvado, que no sobresalía ni en apostura ni tampoco en fealdad, y quien le miraba con fijeza desde el otro extremo de la mesa. Aquel hombre, vestido con una levita marrón y tocado con un sombrero que le ocultaba media cara, sonreía con una mueca cínica que torcía sus labios. El viajero reconoció al instante a Jean-Baptiste Grenouille, asesino de mujeres, quien llegó a ser el más prodigioso perfumista de Francia y cuya obsesión era robar los aromas de sus víctimas, para así crear la fragancia ideal. Pero el propio viajero pudo describir los hechos con mejores palabras: «Jean–Baptiste jugueteaba con unos frascos de cristal ambarino, colocándolos sobre la mesa en diferentes posiciones, haciendo sonar su tapas de plata, como las piezas de un ajedrez acústico. No dejaba de mirarme; sus ojos eran lupinos y su rostro un tallado en corteza seca. De pronto, detuvo el movimiento constante de los frascos y retiró el tapón de uno de estos. De inmediato un aroma conspiró contra mis sentidos. Grenouille sonrió maligno; y comprendí que ya no eran míos, le pertenecían a aquel monstruo insignificante. Mi mente se abotagó de olores entremezclados, de bálsamos desconocidos, de delirios que atiborraban mi cabeza. Pude ver extrañas figuras salir meciéndose de la boca del frasco. Sentí un súbito desvanecimiento y las figuras de mi alucinación cayeron desmoronadas al suelo, como palomas batiendo sus alas con desenfreno. Una vez recuperada la razón pude ver que Grenouille había devuelto la tapa al frasco y su actitud volvía a ser taciturna, escondiendo su rostro bajo la sombra del ala del sombrero.

Alcé la cabeza hacía los tres siguientes personajes que llenaron mi visión. Estaban dispuestos a un costado de la mesa, dos sentados en sillas de respaldo alto y un tercero, el gigante monstruoso, permanecía de pie, con un rostro que era al mismo tiempo sentimental y lánguido, a quien de inmediato reconocí como Calveros. Los otros dos eran el Dr. Talos, hombre pequeño y vivaz, de pelo color lava —director de la diminuta compañía teatral donde viajaba el gigante—, y el más impresionante de los tres: Severian, torturador del gremio de los torturadores. Era un hombre corpulento; la amplia capa echada hacia atrás revelaba un tórax rudo y voluminoso, mientras la cara permanecía oculta dentro de un capucha que mostraba sólo una oscuridad sin rasgos distintivos, pues estaba entintada con un color más profundo que el mismo negro. Severian guardaba un silencio tempestuoso que amagó mi alma y por unos cuantos instantes pude vislumbrar el cadalso donde el Torturador ayudaba a los hombres a que abandonaran la vida, el pellejo que les servía como morada; también vi la sangre púrpura serpenteando por las arenas del desierto, cabezas desprendidas cayendo sobre un colchón de nieve blanca que poco a poco se manchaba de un sucio charco marrón. Tuve estas visiones y otras más terribles que no me atrevería a describir, cuando un extraño silbido me arrancó de mí abstracción. En el extremo derecho, la mujer del torso desnudo alimentaba a lo que en un principio confundí con un infante de brazos, pero al acercarme más pude ver que el niño era en realidad una pequeña pirámide azul, tenía seis apéndices ondulantes y tres ojos que pestañeaban en los extremos de tres estructuras. La pirámide era alimentada por medio de un cono de latón que derramaba gotas de leche; eso explicaba la ausencia de los pezones en los pechos de la mujer: el niño —porque lo era a pesar de su extravagante apariencia— no podía ser amamantado como los demás ya que era especial y tenia que ser alimentado con un instrumento también especial.

La pirámide se sentó sobre el regazo de la mujer y tendió un zarcillo azul hacia el último y más sombrío de los comensales. He aquí la descripción de aquel individuo sobrecogedor: delgado, un manto negro con capucha le bajaba desde la cabeza al suelo; la parte derecha estaba echada hacia atrás, descubriendo la mitad del rostro, en tanto que a la izquierda parecía que todo estaba escondido y envuelto en los bordes y pliegues del amplio ropaje. De súbito, una ráfaga que se colaba del exterior inflamó sus ropas y por un breve momento pude observar que el hombre estaba demediado, es decir: fragmentado en dos, separado de la otra parte de su cuerpo por un cañonazo de los Turcos. Entonces el nombre del temido debía de ser Medardo de Terralba, y si era la mitad buena o la mala, no pude saberlo en ese instante, porque una pregunta pugnaba por dejar mis labios. Sorbí un poco del vino y resuelto dije:

—Caballeros, a todos conozco sin haberos visto nunca, vuestras referencias son únicas, pero díganme ¿qué hacen aquí?

Grenouille, el asesino, tomó la palabra con acritud.

—Resulta que somos los Menguantes Contados, monsieur. Gire su cabeza tanto como le sea posible y dígame qué ve en aquel rincón.

Hice lo que me pidió.

—Veo ocho sillas de marfil dispuestas alrededor de una mesa similar a ésta, en donde los alimentos servidos sobre fuentes de latón no han sido tocados por el apetito; sobre la madera reposan platos y copas dejados ahí por alguna mano indulgente que espera a la llegada de unos comensales, por el momento, desconocidos.

—Ése es el lugar de los Inconclusos —dijo amargo, Grenouille—, ya que su historia no está terminada aún de contar; de los Incorpóreos porque la materia de que están hechos no puede verse con los simples ojos; a los que nosotros llamamos con desprecio, los Insomnes, pues erran libres por el mundo sin dormir nunca en espera de que un escritor los atrape al vuelo y comience a construir con tinta inmoderada los corredores y galerías de sus cuerpos sobre el papel en blanco.

Severian el Torturador, indicó riguroso.

—A diferencia de nosotros que ya hemos sido contados, tenemos un cuerpo que ha vivido con desenfreno en las pasiones de la carne del que nos ha descrito, pero por lo mismo estamos atrapados aquí, en este Castillo donde siempre es lluvia, viviendo en decadencia, mermando por la ausencia de libertad.

Yo dije:

—Creí que eso era lo que querían, que por esa razón revoloteaban al oído del hombre que pudiera darles un cuerpo, un rostro, una muerte.

—Muerte no hay —increpó avieso el Vizconde demediado, poniendo en su rostro incompleto una medía sonrisa que despedía un olor agrio, mientras me miraba con un solo ojo tortuoso. Así comprendí que quien hablaba era la mitad mala de Medardo—. Y es verdad que anhelábamos ser atrapados en las redes de la inspiración de un hombre que nos sacara de nuestro desvelo etéreo y nos diera una historia propia, pero lo que ignorábamos es que una vez completado el trabajo, la narración, nuestro cuerpo vendría a dar a este lugar para menguar de por libro.

Repetí lento y despacio las últimas palabras del innoble de Medardo. La pirámide azul me miró con tres ojos brillantes y entonces produjo el extraño silbido (quizá era su forma de llorar) que había escuchado antes y que me seguía pareciendo impropio de un niño. La lluvia se aplastaba contra los vitrales rojos de la estancia iluminada a medias, y afuera se adivinaba la presencia de una luna que se desmoronaba en trozos de gis. Grenouille me sacó de mi abstracción.

—Y usted, monsieur, que parece conocernos tanto, acorte nuestra desventaja y díganos quién es y de dónde viene.

Traté de sonreír pero lo único que logré fue sacar un gesto apesadumbrado, Derritiéndose el silencio alcé el rostro y los miré a todos.

—Soy un viajero; vengo del interior del mundo, atravesando fronteras y líneas ecuatoriales, dando tumbos por el bosque hasta topar con estos muros. Allá fuera ha sucedido una catástrofe y poca ha sido la gente salvada.

Severian se levantó de su asiento apoyando los nudillos sobre la mesa

—¿Un desastre, dice? —afirmé con lentos movimiento de la cabeza—. ¿Qué ha ocurrido? ¡Cuéntenos! ¿Una guerra, una plaga, el Apocalipsis?

Suspiré negando con movimientos repetitivos de mi cabeza.

—No lo sé; quizás ha sido todo lo que usted ha mencionado, o algo distinto o mucho peor, pero yo no estuve presente. Escuché un clamor de cielo y tierra; la marea de la destrucción aplastarlo todo vertiginosamente y al cielo abrirse como un paraguas con pétalos de luto. Y en mi huida he venido a parar a este Castillo pidiendo posada para protegerme de la lluvia.

La voz de Calveros se dejó escuchar como una cuerda de contrabajo pulsada en la oscuridad.

—¡Su nombre, dígalo ya!

—No hay nombre que pronunciar. No tengo. Soy sólo un viento que en su recorrido habitual ha escuchado de la hecatombe, y en mi huida vertiginosa he venido a parar a este Castillo para ampararme de la lluvia.

Sentí muy cerca de mi rostro el medio aliento del dividido, y era porque éste se me acercaba reptando fuera de su asiento,

—Decidme entonces —siseo el Vizconde con su media lengua abriéndose paso entre los pocos dientes que le quedaban—, ¿es verdad que el mundo ha dejado de existir en su totalidad?

—Aún no —dije—. Es cierto que ha sido arrasado y pocos son los hombres que han sobrevivido a la tragedia; yo diría que sus fuerzas son pocas y sus esperanzas son también mínimas; según creo no durarán mucho, y una vez desaparecidos ellos, la civilización, los contadores de relatos, las hojas rellenas de letras cautiverio de vuestras historias, entonces ustedes podrían…

Callé dejando la frase sin terminar. Tomé mi copa y la llené de nuevo ante la mirada de ensimismamiento de mis siete acompañantes. El vino se derramó por mi mano —el néctar frío de un mundo que agonizaba— cuando alcé el cristal y bebí sin decir palabra. Todos repitieron mi ejemplo y bebieron profusamente en silencio, escuchando el chicoteo de la lluvia a través de los vitrales sangrantes del Castillo en espera de que, de un momento a otro, en el cielo comenzara a escampar».

Publicado en la Revista Prima Littera: Especial Gótico 2, Madrid, España. 

 

 

 

Rinoceronte 

Carlos Bustos 

 

      Es poseedor de un poderoso cuerno acústico, armadura blindada y ojos hechos para mirar las llanuras sobrenaturales de África. Este es el animal que todos hemos conocido por medio de alguna estampa escolar, en el zoológico o la televisión. Sin embargo, nunca he oído a nadie hablar del que mi padre me contaba en las noches de tormenta: el rinoceronte blanco.

      Mi padre solía arrebujarse a un lado de la cama conmigo, porque yo tenía miedo de la lluvia, en especial del sonido del trueno. Era una niña entonces. Tendría ocho años a lo más y él cumpliría cuarenta y dos, aunque su rostro era el de un adolescente que se niega a dejar de serlo, tal vez porque nunca le interesó jugar los juegos de la edad tardía.

      Lo recuerdo como un hombre alto, de sonrisa fácil, manos calientes y pesadas, inútiles para trabajos manuales delicados o cocinar. No obstante, era bueno inventando historias a pesar de que juraba que la del rinoceronte blanco era cierta. Había leído en extraños libros de criptozoología que durante la guerra, pilotos de avión experimentados vieron ese prodigio de un solo cuerno recorrer las estepas del cielo, batiendo sus poderosas patas que eran las culpables de producir el estruendo durante las tempestades.    

      Azorados, intentaban seguirlo sin éxito: el rinoceronte se perdía de inmediato entre los laberintos de niebla gris del cielo y no era posible volver a verlo. Los aviadores estaban convencidos que aquél ser imposible se apoderaba de las almas de los pilotos que eran derribados en combate. Lo llamaban Bumpo, que en africano quiere decir “cazador de almas”.

      De esta forma, mi padre me hacía saber que no tenía que temer a los truenos ya que sólo eran las pisadas de ese magnífico animal, corriendo por entre las nubes hacia un destino incierto.

      La historia me produjo tal impresión que durante semanas imaginé que en las madrugadas lluviosas el rinoceronte corría por el tejado de nuestra casa buscando la manera de entrar.

      Una noche tempestuosa, desperté a mi padre con un grito. Cuando entró a mi habitación le aseguré que había escuchado el rugido de un animal salvaje que no logré identificar de dónde había venido, pero se podía suponer que estaba escondido en mi closet. Él no se rió porque me quería y sabía que las pesadillas infantiles son los sueños pedregosos de la edad adulta. Me hizo una seña para que guardara silencio. Se acercó al closet, abrió la puerta. Sólo observamos mi ropa y juguetes. Mi padre volteó hacia mí e hizo un ademán de que todo estaba bien. Justo en ese momento, de la espesura de los abrigos de invierno, asomó la cabeza del rinoceronte. Sus ojos negros, sin vida, lucían siniestros. Intenté gritar, pero me quedé sin aliento. El rinoceronte blandió su imponente cuerno, adornado con tres anillas de un color rojo encarnado, atravesó el pecho de mi padre y lo alzó en alto, mientras su cuerpo se estremecía agónico.

      El enorme animal retrocedió, cargando el cuerpo inmóvil, hasta desaparecer en el fondo del armario. La puerta se cerró y no volví a ver a mi padre de nuevo.

      Después de esto, nunca pude volver a dormir en una habitación con closet, y durante la temporada de lluvia permanezco despierta. Ya no tengo miedo. Espero que el rinoceronte aparezca de nuevo para reclamarle el alma de mi padre. El problema es que, al parecer, el rinoceronte le teme al león negro que todas las noches escucho rugir debajo de mi cama.

 Publicado en EL ARCA, Bestiario, Sangría Editora, Chile y La Buena Vida, Perú.

 

 

   

El Jardín Celeste

Carlos Bustos

 

      El jardín del Astrónomo de de la ciudad de Dunia, es una suerte de mapa del firmamento nocturno reconocible para quien posee los conocimientos aventajados de un observador de los cuerpos celestes.

      Por las tardes, mientras el sol derrama sus últimas llamaradas líquidas sobre la ciudad, el Astrónomo se tumba en su poltrona favorita y contempla la radiante exactitud con que su jardín está concebido. A partir de la enorme fuente de Tebas que se alza en el medio del jardín, custodiada por las estátuas de Castor y Pólux, se desprenden verdes brazos giratorios que asemejan a los de una galaxia entera. Por supuesto, que de esto no se ha dado por enterado el Astrónomo; su ciencia no es tan avanzada. Ha deducido este diseño de forma inconsciente, aunque tal vez nunca llegue a darse cuenta de su descubrimiento. En estos tentáculos misteriosos y crujientes pueden verse frutos de diferentes tamaños y colores, dispuestos de tal manera que forman pequeños grupos de sistemas solares que él ha ido clasificando conforme a su apariencia y cualidades. Si le preguntaran al Astrónomo cuál es su parte predilecta del jardín, respondería que todo en sí le gusta, pero entonces descubriríamos como mira complacido hacia las enredaderas apiñadas sobre el tejado del cobertizo, nebulosas verde azuladas que avanzan devorando el espacio en que cuelgan las constelaciones de dátiles y uvas tiernas. Los insectos que habitan en su jardín terminan por completar el cuadro: en su vuelo insomne imitan el deambular de los cuerpos celestes que erran por el espacio. Pero inevitablemente surge la pregunta en la cabeza de quien mira fascinado la construcción de este universo particular: ¿para qué repetir el orden de las estrellas aquí en la tierra, cuando con un solo alzamiento de la cabeza pueden admirarse en el firmamento?  El Astrónomo suspira, mientras de su boca salen las palabras en un murmullo de polvo estelar: “como es arriba es abajo, como es adentro es afuera”. Y sus labios vuelven a cerrarse sin dar más explicación. Continúa en la contemplación de su creación, en donde él es Dios y diablo, donde sabe que anclando las estrellas a la piel de la tierra puede asirlas con mayor facilidad, puede poseerlas por completo y profundizar en su existencia que la lejanía rompe y entorpece.

      El Astrónomo permanece despierto, oteando los confines de su jardín, hasta muy entrada la noche. Es entonces cuando el gozo se magnifica: puede deleitarse con un mapa de estrellas tanto en el cielo como aquí abajo en la tierra. El olor de la tierra húmeda le apetece como si fuera el del mismo universo; el aroma de su creador. Los chillidos de los murciélagos del jardín de su vecino lo acompañan en su férrea observación nocturna. El alfabeto sideral está allí, sólo es cosa de ponerlo de cabeza, digerirlo lentamente, descifrarlo.

      El Astrónomo de Dunia agita con una mano sobrenatural el agua de la noche, las estrellas fugaces se entremezclan en ese jugo negro interminable que termina por derramarse sobre el vientre y los costados del jardín, entintando la tierra, las raíces, y su mirada, con la oscuridad absoluta. El Astrónomo duerme arrastrado por el vértigo del sueño; su cuerpo ha quedado flotando a la deriva entre el universo interior y el universo lejano que nadie sabe realmente cuándo comenzó y dónde terminará (hoy, mañana, nunca), así como dónde comenzará y terminará el del jardín secreto que vendrá después.  

 

 

EL LIBRO QUE RESUCITABA A LOS MUERTOS

Mi nueva novela estará disponible, a partir del 09 de septiembre, en todas las librerías, incluyendo Samborns, Liverpool y los sitios de iTunes y Amazon.

Alain Poel es un estudiante señalado por la comunidad escolar como "incompatible". Al carecer de amigos, Alain siente una irremediable atracción por los libros. El solitario joven casi no tiene comunicación con sus padres y debe arreglárselas como puede en un ambiente escolar hostil, hasta que conoce al excéntrico bibliotecario de su escuela, quien lo guiará a través de un mundo de manuscritos enigmáticos y prohibidos. Allí, Poel descubrirá por accidente el ejemplar más oscuro de todos: el libro que será utilizado para resucitar a los muertos en el Juicio Final.

 

 

FESTIN DE MUERTOS: antologia zombi


Dieciocho historias de zombis que van más allá del horror. Dieciocho cuentos que exploran los mecanismos del miedo y nos invitan a adentrarnos en los territorios de la noche.

Festín de muertos es una antología de relatos mexicanos de zombis coordinada por Raquel Castro y Rafael Villegas, y publicada por Editorial Océano en su colección Lado Oscuro.

EL APOCALIPSIS LLAMA A LA PUERTA, cuentos

Con una narración concisa pero no por ello carente de detalles, Bustos habla del fin de los tiempos y no sólo de eso, sino también de otros horrores: de espectros, magia desconocida, organizaciones secretas, seres de otras dimensiones y lo más temible: la soledad absoluta, que acaba por convertir todo lo que se puede desear en un inicio por su opuesto.

El Apocalipsis llama a la puerta es publicado por la Editorial Paraíso Perdido en su colección Instantánea.

NOVEDADES

FANTÁSMICA

libro de relatos de horror, se hizo merecedor al Premio Internacional de Cuento "Gilberto Owen" 2009. El jurado estuvo compuesto por los escritores Geney Beltrán, Norma Lazo y Eduardo Antonio Parra.

En la sección Noticias encontráras la información completa.

A LA VENTA:

FANTÁSMICA, publicado por Axial Ediciones, del Grupo Colofón, ya se puede encontrar en todas las librerías del país.

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Ladrones del Crepusculo, novela juvenil

Acaba de ser lanzada al mercado español, mi nueva novela titulada LADRONES DEL CREPÚSCULO, editada por Grupo Anaya en su colección Espacio Abierto. Para más información pueden visitar el sitio web: www.anayainfantilyjuvenil.com , allí encontrarán la reseña de mi libro y el proyecto de lectura para escuelas y maestros, descargable de manera gratuita en PDF.

Nueva Antologia de Cuentos de Horror

32 MOTIVOS PARA NO DORMIR

Esta antología fue publicada por la editorial Círculo Rojo de Almería, España.

Mi cuento, EL HOMBRE MALO, fue seleccionado de entre 900 trabajos.

En la sección NOTICIAS encontrarás toda la información.

Nueva Antologia de Cuentos Historicos

JALISCO 1810-1910.

ANECDOTARIO DEL PASADO

DESDE EL PRESENTE.

Once escritores jaliscienses contemporáneos recrean anécdotas interesantes, curiosas, célebres o inusitadas en Jalisco durante la primera centuria que media entre la independencia y la revolución. Participo con un cuento titulado LA VUELTA AL CINE EN 46 FOTOGRAMAS, sobre la llegada del cine a Guadalajara. El libro fue publicado  por la editorial de la U de G como parte de los festejos del Bicentenario y presentado dentro de la FIL 2010.

Novela Juvenil

Visita la sección NOTICIAS:

Ya está a la venta mi nueva Novela

Juvenil, El Ilusionista y el Ojo del

Unicornio, publicado en Editorial Progreso.

En la sección NOVELAS encontrarás

un fragmento del Primer Capítulo.

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